lunes, 27 de junio de 2011

Sobre las listas abiertas en las elecciones municipales

El sábado pasado Antonio Díaz Bautista publicó en La Verdad un artículo en el que manifestaba su escepticismo sobre las listas abiertas. Decía que sólo en los núcleos de población muy pequeños es posible que el electorado conozca bien la capacidad de los candidatos, nos advertía del riesgo de que, en paralelo a las campañas de los partidos, los candidatos desarrollen campañas individuales en las que jugarían con ventaja los más ‘famosos’ o adinerados, y nos recordaba que las listas abiertas ya existen para el Senado aunque la inmensa mayoría vota a la lista completa que le propone el partido de su preferencia.
Si nos atenemos al primer inconveniente señalado por Díaz Bautista, podríamos pensar que el ámbito más adecuado para implantar las listas abiertas son las elecciones municipales, donde, salvo en las grandes ciudades, es más probable que los electores conozcan a los candidatos, ya sea personalmente o por referencias. Pero, como ahora intentaré demostrar, este sistema presenta algunos inconvenientes específicos a la hora de aplicarlo en el ámbito municipal.
En un sistema de listas abiertas, todas las candidaturas aparecerían en una única papeleta, con los nombres de las personas que las integran junto a un recuadro donde poder marcar una X. En un Ayuntamiento donde haya que elegir 17 concejales, los electores podrían no poner ninguna cruz (sería un voto completamente en blanco) o marcar hasta un máximo de 17 nombres, del mismo o de distintos partidos políticos. Cualquier combinación sería válida siempre que no se sobrepasara el número máximo de cruces, en cuyo caso el voto sería nulo. Serían elegidos los 17 candidatos con más votos.
A la hora de reformar la Ley Electoral para implantar un sistema de listas abiertas en las elecciones municipales, habría que decidir entre dos formas de elegir al alcalde:
Opción A: el alcalde sería el candidato más votado, con independencia de su posición en la lista del partido por el que se haya presentado. Aunque a priori puede parecer el criterio más democrático, presenta dos inconvenientes graves:
1º. Puede ser elegido alcalde el candidato de un partido (por ejemplo, el Partido Blanco), aunque la mayoría absoluta en el Pleno la tenga el Partido Amarillo. ¿Cómo podría gobernar este alcalde, cómo aprobaría los presupuestos y otras mociones y ordenanzas en el Pleno, con quién formaría el equipo de gobierno en el caso de que el PB no hubiera obtenido un número mínimo de concejales en quienes delegar competencias? (Este mismo inconveniente se mantendría en el caso de que los alcaldes se eligieran en urna aparte, mediante elección uninominal, posibilidad que se estuvo barajando durante la Transición y que la Constitución dejó abierta al establecer en su artículo 140 que «los Alcaldes serán elegidos por los Concejales o por los vecinos».)
2.º Que una persona sea muy querida o valorada como concejal no significa que esos mismos ciudadanos que la han votado la consideren apta para ostentar la Alcaldía. De la misma manera, una persona que se presenta a las elecciones para ser concejal o simplemente para apoyar una candidatura desde un puesto «de relleno», puede verse abocada a desempeñar una responsabilidad, la de alcalde, que no desea y para la que no se siente capacitada. (Este segundo inconveniente también se presentaría con un sistema de listas cerradas pero desbloqueadas, donde el ciudadano vota a un solo partido pero puede cambiar el orden de los candidatos en la lista.)
Opción B: el alcalde es elegido por los concejales de entre los cabezas de lista (como ocurre actualmente), pero con independencia de los votos obtenidos individualmente por esos cabezas de lista. De esta manera evitamos los dos inconvenientes de la opción A, pero nos podríamos encontrar, a su vez, con otros dos problemas:
1.º Que el cabeza de lista del partido que logra sacar más concejales no salga elegido. Desde luego es un caso altamente improbable que demostraría que el partido vencedor no ha tenido, sin embargo, mucho acierto al escoger a su número uno. Debería sustituirlo el siguiente en la lista que haya obtenido un acta de concejal, pero de esta manera sería alcalde alguien que no ha sido cabeza de cartel, y de nuevo nos podemos encontrar con el 2º problema de la opción A.
2.º Una situación más probable es que el cabeza de lista del partido vencedor saque menos votos que otro cabeza de lista. Se trataría de un efecto paradójico del sistema electoral que menoscabaría la legitimidad democrática de los alcaldes elegidos en esta circunstancia. Veamos un ejemplo extremo pero posible. En un Ayuntamiento con 17 concejales donde el Partido Blanco obtiene 9 ediles, sería alcalde su cabeza de lista aunque éste haya quedado en decimoséptimo lugar en la votación. Mientras que el cabeza de lista del Partido Amarillo, siendo el candidato con más apoyos y habiendo quedado número uno en la votación, no podría ser alcalde al obtener luego en el Pleno de investidura el voto de 8 concejales.
Las listas abiertas no son la panacea universal de la democracia: arreglan algunos problemas creando otros. Como vemos, en las municipales presentan un alto riesgo de efectos paradójicos: la opción A permite elegir alcaldes muy queridos que se presentan mal acompañados o en partidos poco queridos, mientras que con la opción B pueden salir alcaldes poco queridos que se presentan bien acompañados o en partidos muy queridos.
Por la parte que me puede tocar, debo advertir que no le tengo ningún miedo a las listas abiertas. Todo lo contrario. Pero con este artículo he querido manifestar los inconvenientes que pueden presentar en el ámbito municipal, y más concretamente en relación con la elección del alcalde. En una eventual reforma de la Ley Electoral para abrir las listas en las municipales, lo más probable es que se escogiera la opción B, ya que garantiza mejor la gobernabilidad de los Ayuntamientos. Pero los ciudadanos tendrían que aceptar la eventualidad de que salgan alcaldes poco votados y que se queden fuera de la Alcaldía cabezas de lista que literalmente «arrasen» en las elecciones. ¿Sería esto más democrático que el sistema actual? No lo tengo claro.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Jo Antonio, creo que has metido la pata hasta el corvejón. Las listas abiertas estan para que los que se presentan no sean meros espectadores de la politica, no vale el meter a la gente porque es muy querida, en ese caso estamos en un grave error. Piensa desde la premisa de que todos los preentables han de ser aptos y capacitados para el trabajo que han de desempeñar, si no es así, no les voto, o es que la gente votaría a una persona muy querida por el mero hecho de quererla? Aqui ya no valdrían los colores. Con la filosofia de poner la titita antes que la herida no vamos a ningun sitio.

Anónimo dijo...

Lo que escribes, Antonio, sobre las listas abiertas está bien.

Pero yo me pregunto: si en la lista abierta de diecisiete sea el más votado uno de ellos, ¿será que el pueblo quiere que sea ese su alcalde?.
Eso si es democracia

Antonio J. García Conesa dijo...

La respuesta es no, y te voy a poner un ejemplo para que lo veas. Imagina que el Partido Blanco lleva en su lista a un chaval joven muy dinámico y comprometido con su pueblo. Además, es una persona querida y respetada por sus vecinos. Por su edad y cualidades sería el Concejal de Juventud y Festejos perfecto, aunque le falta todavía madurez personal y formación para ser un buen Alcalde. Lo votan los simpatizantes del Partido Blanco y buena parte de los votantes del Partido Amarillo, pensando que sería un estupendo Concejal de Juventud y festejos, y resulta que al final es el más votado de los 17. ¿Sigues pensando que debería ser el Alcalde? Es el más votado porque una gran mayoría lo ve como un estupendo Concejal, pero eso no significa que esa gran mayoría lo quiera como Alcalde.

El problema de fondo es que con las listas abiertas se vota a PERSONAS individualmente consideradas, pero luego quienes tienen que gobernar son EQUIPOS DE PERSONAS.

Con las listas cerradas también se vota a las personas (si el votante quiere fijarse en las personas y no en las siglas), pero valoradas en su conjunto y en tanto que miembros de un equipo.

Anónimo dijo...

No estoy de acuerdo con lo que dices.
El que se presente sea joven o viejo, si se presenta o lo presenta su partido es porque está preparado o tiene la madurez suficiente para ejercer como alcalde o como concejal de juventud o de lo que sea, o el concejal de juventud tiene que ser joven? respeto la idea, pero no la comparto. Y sigo dicendo que si te vota el pueblo mayoritariamente debes de ser el alcalde y esa persona después que distribuya las concejalias bajo su mejor criterio.
Por lo que de los diecisiete el mas votado sería elegido alcalde, seguidamente según el número de votos la formación de los concejales, si va una persona de relleno, como ahora, y los votantes los eligen pues sería concejal, así de esta manera sienpre irían en las listas las personas mejor capacitadas, y dejariamos de criticar que si este sabe o no sabe, bueno aunque después aprenden y muy bien.....

Anónimo dijo...

Mira, es igual a quien se vote, porque en Moratalla, hasta ahora de signo de la rosa-rosae, hay una deuda de 30 miyones de euros, y eran del PSoe. O soea que da igual el signo o la persona, el desgobierno impera. Viva el 15 M.No tiene ninguno ni p. idea de gestion ni economia ni incluso de verguenza, ni de ahorro, ni de gasto, ni de inversion, ni de planificacion, ni de eficacia, ni de eficiencia, que paece que se les llena la voca con las dos palabrejas y lo que inducen es al despilfarro, la burocracia y la ignominia. Como es posible que Barcelona,siendo republicano, pueda ser al mismo tiempo capital ???????? el destino juega pulladas a veces.

Antonio J. García Conesa dijo...

Las listas abiertas plantean otro problema que no he reflejado en el artículo. Quienes exigen cambios en el sistema electoral suelen hacerlo reivindicando una mayor proporcionalidad: es decir, que el reparto de escaños se haga en proporción al porcentaje de voto obtenido. Esta proporcionalidad ya existe en las elecciones municipales, ya que los municipios constituyen una circunscripción única. Pero con las listas abiertas nos podemos cargar esta virtud del sistema en las elecciones municipales, sobre todo si (como es previsible) una mayoría de ciudadanos vota a la lista completa de un partido y no se toma la molestia de hacer un “voto combinado”. Veamos por qué. Imaginemos que esto ocurre y que el Partido Blanco obtiene el 51% de los votos, y el Partido Amarillo el 49%. Con listas abiertas el PB obtendría 17 concejales y el PA ninguno, ya que cada uno de los 17 candidatos del PB habrá obtenido al menos un voto más que cada uno de los 17 candidatos del PA. ¿Sería este resultado calificable como democrático? Me temo que no. Este efecto negativo tiene una solución técnica: poner el número máximo de candidatos que el elector puede votar por debajo del número total a elegir. Así ocurre actualmente en las elecciones al Senado, donde se eligen 4 senadores por provincia pero cada elector puede votar a un máximo de 3 candidatos. De esta manera a la segunda fuerza política se le garantiza un escaño. En un Ayuntamiento de 17 concejales, con listas abiertas habría que limitar el voto a un máximo de 10, 11 ó 12 concejales para que el sistema garantizara una cierta proporcionalidad.